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Morir intactos | ¿Por qué abandono lo que empiezo?

Bienvenidos a La educación de las luciérnagas.

Diálogos para aprender a acompañar sin apagar la luz.

Episodio uno.

Una mañana, Átato llegó al jardín de Epimelio con su cuaderno entre las manos. Se sentó a su lado y, después de guardar silencio durante unos instantes, le dijo:

—Maestro, cada vez que inicio un poema lo corrijo tanto que nunca consigo terminarlo.

Regreso una y otra vez a lo escrito para comprobar si están bien la métrica, la forma y todo lo demás.

Si no adopta enseguida la forma que imaginé, me impaciento y acabo abandonándolo.

Y es horrible esta condena,

pues no es virtud,

sino pena la que corre por mis venas

cuando veo que mis poemas

se vuelven piedras y no aves:

tristes presas otoñales,

encerradas dentro del mismo cuaderno

que ayer las vio nacer.

¿Qué me ocurre, Maestro?

Dime: ¿cómo puedo librarme

de esta maldición que arde

y que a mis versos no deja ser?

Epimelio lo miró a los ojos y respondió:

—Ay, querido Átato…

Dime una cosa: ¿qué ocurriría si mañana decidieras que uno de tus poemas ya está terminado?

Átato acarició con los dedos el borde de su cuaderno.

—Tendría que mostrarlo.

—¿Y qué temes que suceda cuando lo muestres? —preguntó Epimelio.

Átato bajó la mirada hacia su cuaderno.

—Temo que no guste —respondió—. Que alguien se ría. Que digan que aquello que he escrito ni siquiera merece llamarse poesía.

Epimelio asintió lentamente.

—Entonces no abandonas tus poemas porque no sepas terminarlos.

Los abandonas porque, una vez terminados, ya no podrás protegerlos de la mirada ajena.

Y, para no sentir ese dolor, les impides vivir.

Debes tener cuidado, querido mío. No vaya a ocurrirte lo mismo que a Provinio. ¿Lo recuerdas?

—Sí, Maestro. Provinio amaba profundamente su jardín.

—Así es. Cada mañana regaba sus plantas con métrica sacerdotal, retiraba las hojas secas y contemplaba el nacimiento casi virginal de sus flores. Era feliz en aquel quehacer, viéndolas crecer.

Hasta que un día llegó una plaga de gusanos.

Algunas flores enfermaron y se volvieron débiles y oscuras.

Provinio trató de cuidarlas. Cortó los tallos enfermos, retiró los gusanos con sus propias manos, separó los esquejes que aún conservaban vida y preparó ungüentos de salvia y ceniza con los que intentó salvarlos.

Pero todo su jardín —aquel que había cultivado durante tantos años para deleite propio y ajeno— fue oscureciéndose poco a poco y perdiendo el brillo que un día tuvo.

Y no solo tuvo que enfrentarse al dolor de ver enfermar aquello que amaba.

Cada tarde escuchaba el cuchicheo de los vecinos detrás de los muros:

«¿Qué clase de jardinero permite que sus flores tengan ese aspecto?».

Provinio no pudo soportar la imperfección, las heridas ni el juicio de los demás.

Para que ninguna flor volviera a enfermar y ningún vecino pudiera criticar su jardín, lo cubrió todo de cemento, gravinia y roca aséptica.

Así convirtió su jardín en un enorme cráter gris.

Desde entonces ninguna flor volvió a enfermar.

Pero tampoco volvió a nacer.

Ya no hubo heridas, pero tampoco quedó vida alguna.

Epimelio guardó silencio durante unos instantes.

—Eso mismo estás haciendo con tus poemas, querido Átato.

Dejaste de mirar tu creación con ternura de madre.

Olvidaste acompañarla con los ojos del alma y comenzaste a corregirla con los colmillos de la razón.

Ya no escuchas aquello que tu poema desea ser.

Le exiges que se parezca al poema que imaginaste antes de escribirlo.

Y ese poema imaginado tiene más que ver con aquello que agrada al oído ajeno que con aquello que verdaderamente nace de ti.

Ten cuidado: no borres la vida por miedo a sus heridas. No vaya a ser que, intentando proteger tus poemas, termines cubriéndolos también de cemento.

Átato miró su cuaderno.

—Entonces, ¿debo mostrarlos aunque no sean perfectos?

Debes mostrarlos porque están vivos.

La perfección es, demasiadas veces, la palabra que usan los cobardes para disfrazar su miedo a mostrar el corazón vulnerable.

Mostrar aquello que amas puede doler, porque no puedes decidir con qué ojos será recibido.

Pero cuidar una obra no consiste en ocultarla para que nadie pueda tocarla.

Consiste en no abandonarla cuando aquello que el mundo haga con ella te duela.

Átato apretó el cuaderno contra su pecho.

—Entonces, ¿qué debo hacer, Maestro?

—Esta tarde, cuando se enciendan los Faroles de Agua, ve a la plaza de Aristela.

Sube a la escalinata de la Fuente de los Mirlos, abre tu cuaderno por el último poema que escribiste y declámalo como si llevaras pájaros en el pecho.

Permite que tus versos resuenen en cada una de las esquinas de la plaza.

Átato abrió mucho los ojos.

—Pero, Maestro, moriré de vergüenza.

Mejor morir durante un instante de vergüenza que dejar morir tus poemas por exceso de juicio.

Dime, Átato: ¿qué sería peor? ¿Que un ave muriera atravesando las tempestades del cielo o que envejeciera hasta morir intacta dentro de una jaula?

Átato permaneció pensativo.

—Lo segundo, Maestro. Lo segundo sería verdaderamente horrible.

—Entonces no lo pienses más.

Lanza tu poema al aire.

—Puede que alguien se ría.

Puede que alguien lo hiera.

—Es posible —respondió Epimelio—. Pero quizá alguien escuche tu poema y se reconozca en él.

Quizá alguien lo ame.

Quizá una persona que también guarda pájaros en el pecho encuentre el valor para abrir su propio cuaderno.

Para amar una obra debes aceptar que, al salir al mundo, puede regresar con heridas.

Epimelio señaló el camino que conducía hasta la plaza.

—Ahora ve, querido Átato. Y regresa dentro de unos días. Cuando vuelvas, trae contigo uno de los farolillos de Aristela. Quiero mostrarte algo importante.

—¿Qué cosa, Maestro?

—Todo a su tiempo, Átato. Ahora ve a la plaza.

Átato aflojó lentamente los brazos y separó el cuaderno de su pecho.

Comenzó a caminar.

Epimelio sonrió y, antes de que se alejara, añadió:

Y recuerda: tus poemas no nacieron para morir intactos dentro del mismo cuaderno que los vio nacer.


Este diálogo forma parte del borrador de mi próximo libro, La educación de las luciérnagas.

Gracias por sumarte a este primer capítulo.

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Nos leemos —y nos escuchamos— en el próximo episodio.

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